Rencor se escribe con H

 

Yo y mi hermano

Yo y mi hermano

Claudio Pelaez Sordo

Quisiera volver a ser como uno de esos dos pequeñines de la foto, que formaban tremenda riña y a los cinco minutos ya estaban hablando, riendo, molestando de nuevo a mamá. Aunque la chancleta de mamá hubiera sido la encargada de establecer el orden.

Igual pasaba entre los amiguitos de la primaria cuando nos fajábamos por no pagar en el juego de las bolas; o golpearnos demasiado duro en el hombro cuando nos apuntamos en Tomatico; o cuando en el tumbideja hacíamos llegar al piso lo que estuviera en las manos.

Siempre volvíamos a hablarnos como si nada hubiera sucedido y no podía volver a suceder. Estábamos liberados de todo rencor gracias a nuestra ingenuidad, Nuestro pecho se encontraba descontaminado.

Pero comenzamos a pasar de grado, es decir, comenzamos a crecer. Y el sentirnos grandes nos empezaba a despojar de toda ingenuidad. Los minutos se convirtieron en días, los días en semanas. “Está enterrado” fue una frase que aprendimos muy bien. Quien la enseñó tiene muchos nombres, aunque no sabríamos decir uno en específico. Nuestro pecho se hizo más grande, aprendió a servir de cementerio. El rencor comenzó a vivirme, a vivirnos.

Nos convertimos poco a poco en sepultureros de quienes no comulgan con nuestras ideas o no entendemos las suyas. Del que nunca fue amig@ y ya nunca tendrá la posibilidad de serlo. Del que se fue sin pensar en los que se quedaron. Del que se quedó sin entender a los que se fueron. Del grande que se cree con capacidad para echarle guapería al chiquito. De la novia que tomó la decisión que nunca habríamos elegido. Del hombre que maltrató a nuestra madre. De la mujer que no entiende a los hijos del padre. De todo lo que no nos gusta simplemente por capricho y siempre existe un epitafio para dedicarle.  

Hemos cultivado el rencor como la hierba mala. Solo que algunas veces no hacemos ni el intento por arrancarlo. Quizás mientras crecíamos no hacíamos más que heredar una cuota de esa gran porción. A lo mejor hemos madurado entre los rencores de los perros que iban detrás de la perra descompuesta, de gobiernos que no han logrado entenderse porque siempre el grande se cree con capacidad para echarle guapería al pequeño. Pudiera ser también que en momentos de despojarnos del rencor nuestra víctima se cansó de esperar por el gesto y es entonces su turno de sepulturero. O estemos nosotros esperando eternamente ese gesto mientras nos cocinamos en una salsa rencorosa.

No quisiera volver a aquella infancia. Este enigmático presente me atrae más que esos tiernos años. Pero admito me encantaría tener esa sustancia generada por el ingenuo cuerpo que no te permite guardar rencores.

Lamentablemente con el tiempo va desapareciendo y provoca todos estos sinónimos que me propone Microsoft Word de rencor: odio, antipatía, resentimiento, aborrecimiento, encono, tirria, aversión, inquina. Con 22 años los he padecido casi todos.

Estoy enfermo, estamos enfermos. Y cada año el número de víctimas aumenta. La cura existe, solo es necesario protegerla de nosotros mismos.

PD:

Te invito a, si eres de esos que le gustaría curarse de todo rencor, poner como foto de perfil en Facebook una imagen de cuando eras pequeño. Ya yo he cambiado la mía.

Boom.       

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