Salsa de caldero

Por Claudio Pelaez Sordo

Caldero

Caldero

Quiero comer en el caldero. Sentir el sonido de la cuchara contra el aluminio y olvidarme de la porcelana insípida de los platos. Quiero regodearme con toda la salsita que cada caldero guarda luego de estar a la candela. Olvidaré que como con tenedor y morderé la cuchara con guapería cariñosa. Voy a mezclarlo todo en su profundidad, a moverlo bien para que cada bocado esté bien empapadito de toda esa sustancia que me hace la boca salsa. Ante las réplicas de mi madre de “¿por qué no comes en el caldero para que no ensucies más platos?”, responderé enérgicamente y agarraré al caldero por las orejas. Cavaré como si estuviera enterrando un tesoro y sobre él dejaré toda esa hambre que a veces no me deja ni pensar. Mientras mastique daré toques contra su voluminoso cuerpo para que todo el barrio se entere de que  estoy comiendo en el caldero. Moveré minuciosamente la cuchara para que no quede ni un granito de arroz. Al terminar me daré cuenta de que tengo que fregar el caldero y desearé entonces el haberme enfrentado a la insípida porcelana del plato. Pero sé muy bien que si mañana se me vuelve a poner en frente un caldero con salsa disponible, se repetirá la misma historia.

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