Independencia económica

La tierra que sea nuestra...

La tierra, que sea nuestra…

Este texto publicado por Carlos Baliño el 5 de julio de 1902 en el periódico La Nación, que junto a otros periódicos fue tribuna de las contradicciones de aquella época, describe el contexto de inicios de la república mediatizada por el gobierno de los Estados Unidos. Años después Rubén Martínez Villena con su texto “Cuba, factoría yanqui” le daría la razón al de “lengua y pluma de oro” como describiera Martí a Carlos Baliño. 

Sin libertad económica, la libertad política no es más que un espejismo engañoso. Prueba fehaciente de esta verdad es la situación por que atraviesa nuestra patria. Roto el yugo de la antigua metrópoli política, y dueño ya de sus destinos, está hoy el pueblo de Cuba esperando con anhelo la decisión del Congreso americano sobre la modificación de las tarifas porque de ella depende su prosperidad o su ruina, su vida o su muerte. Pero el pueblo que desplegó inteligencia y energía para conquistar su libertad política, puede desplegarlas para conquistar su libertad económica si se libra de ciertas sugestiones implantadas en su mente.

Si un buque que llevase a su bordo un número de hombres inteligentes y laboriosos y una cantidad de útiles de trabajo fuese arrojado por la borrasca a las playas de una isla inhabitada y fértil, no se concibe que aquellos hombres echasen a un lado los instrumentos que poseían y no se ocupasen más que en mirar ansiosamente el horizonte esperando ver aparecer la vela de una embarcación salvadora. Lo que se concibe es, que aquel grupo de hombres, colocando un vigía para dar viso de la primera vela que se avistase, se dedicase, desde luego. Al trabajo y la producción. Y si la ansiada embarcación no llegaba, la tierra fecunda pagaría la labor del hombre con la abundancia de sus frutos.

Hay en la Isla de Cuba miles de hombres sin trabajar. Hay grandes extensiones de terreno que son propiedad del estado, es decir, del pueblo. ¿Por qué están esos hombres divorciados de esa tierra? Porque, se nos dirá, hay que esperar la modificación de la tarifa americana que favorezca nuestra principal producción, el azúcar.

Y en efecto, si los hombres que hoy vagan sin trabajo, presa de la miseria y el hambre, se pusiesen en las tierras del Estado a producir azúcar o tabaco, no harían más que llevarnos con mayor prontitud a la ruina.

Pero si el estado desechando dogmas económicos que ponen la vida de este pueblo a merced de intereses extraños, por su propia cuenta y por su propia iniciativa pone a los hombres que se hallan en ociosidad forzosa a sacar una gran variedad de productos de las tierras que le pertenecen, si diversifica inmensamente la producción, si se produce para el consumo interior antes de pensar en producir para la exportación, entonces no habrá exceso de producción ni la vida de nuestro pueblo dependerá del mercado extranjero que nos compra nuestro producto único.

Si, en vez de esto, las tierras del estado se repartiesen a los cultivadores, es seguro que la iniciativa individual, produciendo sin plan ni concierto, causaría siempre el exceso de producción en algunos artículos y sería ineficaz para hacernos independientes del mercado extranjero. Solo la dirección del estado, con mayores recursos y con más cabal conocimiento de la proporción que debe de haber en la producción de los diversos frutos, puede realizar nuestra independencia económica y asegurar el bienestar de nuestro pueblo.

Eso se puede hacer. Eso se debe hacer. Y si se hace, los miles de hombres que en su tierra no piden más que trabajo, y no lo encuentran, y ven cada más negro el horizonte de su vida; y los miles de emigrados que, cumpliendo el deber oscuro, ayudaron a redimir a la patria y no retornan a ella porque no encuentran campo a sus actividades, y viven en el destierro más nostálgicos, más tristes que antes, porque han permitido la aureola del emigrado político y se han reducido a emigrados económicos; todos esos cubanos tan dignos como los que más de la atención de los gobernantes, serán productores útiles en esta tierra que enriquecerán con su trabajo, y amarán más la patria que no los deja morir de hambre, el solar paterno donde encuentran trabajo y pan y dicha.

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