Sentir y dejar

Por Claudio Pelaez Sordo

La abuela que hoy anda en silla de ruedas porque sus piernas no conocerán más lo que es dejar huellas sobre la arena, permanece también a oscuras porque sus ojos dejaron de encandilarse ante la luz del sol.

Huellas

Huellas

Sus manos como hoja de papel secular le permiten el gusto todavía de tocar al nietecito, ya no tan pequeño como cuando reparaba en sus pasos. A su voz, tan débil como la gota de estalactita, le sobra un hálito de sonido para suspirar sus deseos que terminan siendo consejos a quienes no han aprendido a no darla por loca. La piel manchada y estrujada empaña la vista al tiempo que provoca una caricia sobre un roble de cien años. La dentadura ha quedado vencida por el tiempo, pero con un solo diente tan blanco como la sal, tritura todo bocado que intenta resistirse.

La abuela a veces piensa que todo lo que hizo en algún momento ha quedado olvidado por su estorbo rutinario. “Muerta al menos me llevarían flores”, es la frase que no deja morir. Es por eso que su único consuelo es el nieto a quien enseñó a andar, a mirar, a sentir, a escuchar, a respetar, a convivir, a enfrentarse. Después de todo, abuela sabe que no está sola en el mundo y que hay huellas más grandes que las dejadas por los pasos en la arena.

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