El almendrón del Señor

Por Claudio Pelaez Sordo promesas del día 27 de agosto

-¿Usted cree en Jesucristo?- me dice una mano que estira un pequeño papel.

Yo pensé que los predicadores religiosos respetaban los almendrones, pero después de esta experiencia estoy convencido que ellos están dispuestos a tomar cualquier lugar por asalto al precio que sea necesario.

-Yo soy ateo y comunista- le respondo con tono de los años sesenta a noventa, periodo en el que religión y comunismo eran como el agua y el aceite.

-Pues a usted es a quien más le hace falta- me replica el hombre y termina por entablar un monólogo para el pequeño público que estaba sobre aquellas cuatro ruedas.

Aquel hombre de camisa de cuadros por dentro, que bien pudiera haber confundido con uno de nuestros dirigentes de la FEU, UJC o PCC, era un cristiano que estaba predicando la palabra del señor dentro de un taxi – máquina o almendrón en el registro popular-.

Yo, que apenas había subido, me asaltó con uno de esos papelitos que estaba repartiendo. Pero no era el primero. Antes de mí ya había intentado dialogar con una pareja que se encontraba al fondo y lo envió hacia adelante donde se encontraba una mujer. Y con esta tampoco tuvo mucho éxito pues ella rápido le enseñó el ibdé.

Conmigo tuvo éxito y hasta se embulló. Porque luego de darme el primer papelito me preguntó mi fecha de nacimiento. Buscó en el pequeño bloc que tenía y arrancó otro papel con el día que le había dicho.

En él se podían leer unas oraciones que decían:

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud. Eclesiastés 12:1

Acuérdate de Jesucristo…resucitado de los muertos. 2 Timoteo 2:8

El hombre rápido me dijo:

-Están buenas esas promesas.

Comprendí que aquello eran promesas, pero que eran del 2008. A lo que él respondió:

-La palabra de Jesucristo nunca envejece.

Este cristiano estaba preparado para cualquier cosa. Su objetivo era llevar la palabra de Dios, incluso, aunque fuera cantada.

-¿Quiere que te cante una canción?-preguntó como si estuviese haciendo una propuesta irresistible.

Yo le iba a decir que sí, pero el chofer del almendrón se vio obligado a intervenir y a prohibirle terminantemente que cantara. De lo contrario su trasiego quedaba allí mismo.

El religioso sonrió a carcajadas como aceptando que había llegado más lejos de lo que él mismo hubiese querido.

A los dos minutos el creyente en Jesucristo se bajó del almendrón no sin antes despedirlo como lo recibí:

-Viva Fidel- y la consigna parecía ser el final del encuentro, pero iluso yo…

-Viva Jesucristo- respondió más convencido que nunca y añadió:

-Caballero no hablen mal de mí-

Y a partir de ahí pude conocer todos los detalles de sus primeros acercamientos en el almendrón.

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